Para muchos, la crisis en la Universidad de San Carlos es una lucha de poder que sólo afecta a la propia universidad, nada más que un conflicto gremial por un puesto de poder. Pero, ¿y si te dijéramos que no se trata sólo de quién va a ser rector? ¿Que en la batalla por la USAC se juega, en realidad, el futuro de la justicia y la democracia en Guatemala?

Entender esto es el primer paso para recuperarla. La rectoría, hoy en manos de Walter Mazariegos, no es el premio mayor; es únicamente una herramienta para alcanzar otros fines. Él es la cara visible de un sistema mucho más grande, de una red de intereses oscuros y de corrupción, que necesita desesperadamente esa silla. ¿Por qué? Porque la USAC es la llave maestra que abre la puerta para cooptar el Estado.

Quien controla la USAC tiene una enorme influencia en varias elecciones importantes: magistraturas de la Corte de Constitucionalidad y del Tribunal Supremo Electoral, Fiscal General y la Contraloría General de Cuentas. La universidad debería ser el faro de la academia y la integridad; sin embargo, debido a las cuotas políticas que posee, ha sido instrumentalizada para garantizar impunidad y proteger redes ilícitas. La lucha por recuperarla no es sólo un asunto de orgullo sancarlista; es una responsabilidad con el país y su futuro.

Del todos contra todos, al todos contra uno

Con un nuevo gobierno en el país, es tentador esperar que la solución venga de afuera. Pero seamos realistas: eso no va a pasar. Si bien la postura de no intervención del presidente Arévalo es una bocanada de aire fresco comparada con gobiernos anteriores, esto también significa que la solución debe nacer de la comunidad universitaria. Además, la comunidad universitaria, con su complejidad, su riqueza y su diversidad, es la única que puede liderar su propio rescate.

¿Cómo lo hacemos? La estrategia es tan clara como desafiante: recuperar los espacios en cada una de las unidades académicas. El campo de batalla son las elecciones internas. Cada elección de decano, cada representante estudiantil o docente en el Consejo Superior Universitario, es un paso crucial para desmantelar el poder que hoy nos ahoga.

Esto exige, sobre todo, madurez política: la táctica del «todos contra uno» y aceptar que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Es hora de dejar a un lado las diferencias y desconfianzas para formar alianzas, aunque sean temporales, con un único objetivo: cerrar el paso a Mazariegos en cada unidad académica.

Recuperando la academia, defenderemos la democracia

El mayor obstáculo en este momento es el miedo y la apatía. Hay un rechazo masivo, pero silencioso, hacia la administración actual. La gente está harta, pero no quiere exponerse. La clave está en crear una plataforma que canalice este descontento de forma segura. No se le pide a nadie que sea un mártir, sino que entienda el poder estratégico de su voto en el momento oportuno.

A la par de esto, necesitamos reconstruir nuestra identidad. La pandemia nos desconectó, creando generaciones de estudiantes que no conocen el campus, que no sienten ese «lazo emotivo» con la USAC. Recuperar el orgullo de ser estudiante sancarlista es fundamental, así como unir la lucha con necesidades más concretas y cotidianas. Esto se puede lograr vinculando el interés general del estudiantado por la calidad académica con la defensa de la democracia interna.Los poderes que han usurpado la USAC saben que ésta no es sólo una universidad, sino un centro neurálgico desde donde se moldea el destino del país. Sin embargo, mientras que para ellos la USAC no es más que una herramienta para sus fines, nuestra estrategia debe ser recuperarla, para que cumpla su rol como el motor de la conciencia crítica de Guatemala. Ellos ya jugaron su partida para controlarla; es hora de que nosotros juguemos la nuestra para liberarla, no sólo por el futuro de la universidad, no sólo como gesto simbólico, sino como un acto de responsabilidad histórica con la sociedad, con el país y con el futuro.

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