Corría el año 2010, yo eran un hombre bravo, guapo e inteligente. Recién había hecho un giro a mis aspiraciones académicas, la Antropología sería el camino, la verdad y la vida. Paralelamente a lo anterior participaba de forma activa en un voluntariado (hoy desaparecido) que para no hacérselas más larga de lo que en realidad no es, enseñaba a la población sancarlista el uso correcto de un preservativo, regalábamos condones en paleta y nos la pasábamos alegre siendo un grupo neuro divergente compuesto por estudiantes de distintas unidades académicas.
Llegó el Viernes de Dolores (teníamos buenos conectes) y para no quedarnos atrás en la Huelga nos unimos al desfile bufo con nuestra propia carroza, adornada bonita y repartiendo condones a diestra y siniestra, nosotros montados arriba de la plataforma de un tráiler que tenía como atracción principal un pene de dimensiones considerables, por no decir gigante, con el que íbamos eyaculando agüita fresca para la muchachada acalorada que contemplaba el paso del desfile en plena sexta avenida de la zona 1 de la Ciudad de Guatemala.
Todo era risas y carcajadas hasta que llegó el momento de la verdad. Nos detuvimos frente al Palacio Nacional de la Cultura y uno de nosotros debía dar un discurso frente a la tarima donde se encontraban los zopes y el alto mando de los más indignos representantes de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU). Por llevármelas de recs, mis camaradas no dudaron en designarme para dirigir unas palabras al público.
No se los voy a negar, el ser ungido por la confianza de mis acompañantes fue insuficiente para que el miedo abandonara mi cuerpo, en un flashback recordé a Oliverio Castañeda de León y cómo a finales de los setenta le fracturaron el coxis después de dar un discurso cerca de allí mismo donde me encontraba. 🦠Obvio microbio, estábamos en otra época y las circunstancias eran menos represivas, pero el terrorismo de Estado dejó una huella indeleble bien yuca de superar.

A pesar de lo anterior, mi lengua comenzó a agarrar aviada, había soñado con ese momento, solo no tenía que ser mula y ganarme la antipatía de las grandes lacras que escuchaban detrás de mí. Así que como pude y con toda la escuela de la que disponía en ese entonces, lancé un mensaje entre líneas que señalaba a los delincuentes parados a mis espaldas como los principales responsables del deterioro de nuestra casa de estudios, alentando a que llegaría el día en que lograríamos barrerlos para afuera y devolverlos a donde corresponden.
Ya pasaron casi 15 años desde ese momento místico-mágico y la situación en lugar de mejorar pareciera haber dado pasos hacia atrás. No hay modo que mara más progresista y en apariencia democrática logre apoderarse de la Universidad de San Carlos de Guatemala para ponerla en cintura y al servicio de la abrumadora mayoría de guatemaltecos que hoy sobreviven bien piscinas y sin buenos tenis por culpa de unos pocos criminales y sanguijuelas que cooptan las demás instituciones del Estado.
Hay quienes dicen que la Usac es un microcosmos de Guatemalistán y si asaltamos el poder allí, cosas bonitas van a pasar más allá. Mientras ese momento llega voy a seguir construyendo una narrativa para bajar de la montaña a Walter “medio metro” Mazariegos y a sus imitadores.
Sirva esta primera incursión mía como una invitación y ustedes también se animen a correr el riesgo de decir lo que piensan, no es tan difícil como parece.







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